Lunes, 28 Septiembre, 2020
¿Usar pruebas y argumentar en infantil y primaria? Sí, pueden

 

¿Son eficaces las vacunas? ¿Son seguras? Mientras no tengamos vacuna contra la COVID-19, ¿puedo besar a mis compañeras y compañeros del colegio? ¿Tengo que llevar la mascarilla todo el tiempo? El objetivo de las ciencias es responder las muchas preguntas que nos hacemos sobre el mundo natural, y responderlas basándonos en pruebas, no en la primera opinión que se nos ocurre.

Sabemos lo que sabemos porque descartamos ideas, hipótesis que no se corresponden con los datos, y vamos elaborando explicaciones apoyadas en ellos. Esta combinación de proponer ideas y comprobarlas mediante observaciones o experimentos, evaluando explicaciones, comparándolas y escogiendo la mejor mediante la práctica de lo que llamamos argumentación (Jimenez Aleixandre, 2010), es característica de la forma de trabajar de las ciencias.

Algunas preguntas sobre la naturaleza y sobre cómo funcionan las cosas requieren explicaciones muy complejas en las que intervienen elementos no directamente observables, a los que en ciencias damos nombres como genes, electrones, cloroplastos o energía. Hoy día sabemos que la madera de los árboles se ha ido formando en el proceso de fotosíntesis, transformando materiales inorgánicos, agua (H2O) y dióxido de carbono (CO2) en azúcares y madera, que son orgánicos, mediante la energía de la luz solar, al mismo tiempo que se genera oxígeno, tan necesario para nuestra vida, que sería algo como “las sobras” del proceso.

Para llegar a saberlo hemos descartado hipótesis anteriores, como que las plantas crecen “comiendo” tierra o simplemente utilizando el agua. Aunque esta explicación tiene una complejidad que hace difícil trabajarla por completo en infantil o en los primeros cursos de primaria, sí existe consenso en que aprender ciencias debe incluir, además de las explicaciones, modelos o conceptos, es decir los por qué, la práctica de evaluar las explicaciones, relacionándolas con las pruebas en las que se apoyan, es decir cómo sabemos lo que sabemos. Es importante notar que proponemos que las niñas y niños, desde infantil, practiquen (Jimenez-Aleixandre, 2020; Jimenez-Aleixandre et al., 2009) esta argumentación, recojan pruebas, las usen para contrastar ideas, y no que simplemente alguien, un libro, una maestra, les cuente que las pruebas son importantes y que la ciencia ha ido progresando con esa forma de trabajar.

Si la pregunta sobre por qué crecen las plantas puede parecer que tiene menos relación con la vida diaria del alumnado, hay otras, como las reproducidas al inicio, y las que tienen que ver con epidemias, que claramente nos afectan. En la Edad Media la peste negra diezmó la población de Europa y Asia entre 1347 y 1353, matando un número de personas, difícil de calcular, que se estima entre 75 y 200 millones. En ese tiempo se atribuyó a causas tan dispares como un castigo enviado por Dios a los pecadores, o el envenenamiento de pozos por los judíos, lo que llevó a linchamientos colectivos. La medicina de la época proponía medidas totalmente inefectivas como sangrías y purgas, que debilitaban aún más a los enfermos. Hasta el siglo XIX no se identificó una bacteria como el agente infeccioso, transmitido por las pulgas a través de las ratas.

En el siglo XXI, cuando las condiciones higiénicas son incomparablemente mejores sobre todo en los países más desarrollados, resultaba difícil imaginar que pudiésemos sufrir una pandemia. Sin embargo, personas como la experta en coronavirus Zheng-Li Shi y sus colegas de Wuhan llevaban años prediciendo nuevos brotes, debidos a la conjunción de la ganadería intensiva, por ejemplo granjas de cerdos hacinados en pequeños espacios, con la destrucción de hábitats naturales de especies como los murciélagos. En tiempos de epidemia la circulación de afirmaciones pseudocientíficas y bulos aumenta considerablemente. Un ejemplo es la patraña de que el coronavirus habría sido fabricado en un laboratorio. La respuesta de la doctora Zheng-Li Shi, el pasado 2 de febrero de 2020, en su cuenta de WeChat es contundente: “El nuevo coronavirus de 2019 es un castigo de la naturaleza a los hábitos de vida insalubres de los humanos”. Más grave aún es la campaña emprendida contra la vacuna de la COVID-19, en el momento en que escribo aún no disponible, animando a la gente a que no se vacune. No se trata únicamente de afirmaciones, sino de acciones que nos ponen en peligro a todos, como las manifestaciones de negacionistas, quitándose las mascarillas, además de criticar la vacuna y las medidas de confinamiento.

Siempre es necesario que la educación incluya formación de la ciudadanía para ser capaz de distinguir bulos de informaciones científicas, desarrollo del pensamiento crítico, pero en estos tiempos la necesidad resulta más evidente. Las pruebas son herramientas que permiten al alumnado, y a la comunidad científica, distinguir conclusiones fundamentadas en datos de meras opiniones. Un ejemplo: las vacunas salvan miles de vidas, aunque a gran parte del público y a estudiantes de universidad les cueste comprender su mecanismo (Maguregi González G. et al., 2017)

La pregunta es: ¿Pueden los niños y niñas de infantil y primaria practicar el uso de pruebas y la argumentación? La respuesta es sí, como lo muestran resultados de proyectos en distintos países y, en nuestro caso, el trabajo del grupo de maestras de educación infantil Torque, en cuyas aulas Sabela F. Monteira (Monteira S.F. et al., 2019 y 2020) ha estudiado durante tres años el desarrollo de estas prácticas científicas. Igual que a andar en bicicleta se aprende montando en una, la mejor manera de aprender a usar pruebas para contrastar explicaciones es practicar la argumentación. El trabajo en clase por proyectos de larga duración, como los de Torque, proporciona oportunidades para que los niños y niñas realicen observaciones, diseñen experimentos, generen pruebas, escojan unas explicaciones sobre otras. Lo ilustramos con un ejemplo de este estudio (Monteira SF y Jiménez-Aleixandre MP, 2016) en Educación Infantil 3 (5-6 años). Las niñas y niños, a lo largo de 7 sesiones de enero a mayo, usan datos de observación intencional, experiencias e informaciones secundarias para revisar sus ideas iniciales acerca de la boca de los caracoles que tenían en clase en una caja:

La maestra los anima a proponer explicaciones, el cómo. Elena y Marta proponen un primer mecanismo y la analogía con las mariposas, relacionando los datos nuevos con conocimientos anteriores. Alberto propone que gira y perfora (como un taladro) lo que explica los túneles. Proponer mecanismos, un nivel más alto del pensamiento causal, es más difícil que identificar causas.

Cabe destacar la forma de trabajar de la maestra, revisando continuamente las ideas anteriores, las pruebas y su interpretación, promoviendo la reflexión. En gran medida las pruebas proceden de la observación intencional, sistemática y prolongada. El resumen es que estos niños y niñas son capaces de generar pruebas, y usarlas para revisar sus ideas, cuando se les dan oportunidades para ello.

En resumen: sí, en infantil y primaria pueden usar pruebas, argumentar, cambiar de ideas. Esperamos que trabajar de este modo pueda ser una ayuda para distinguir entre bulos e informaciones contrastadas, entre ciencia y pseudociencia, y a comportarse de modo responsable en una situación de crisis. También que ayude a no proyectar sus temores sobre otros, los pobres murciélagos o, mucho más grave, sobre personas extranjeras o migrantes, como en tiempos de la peste.

Si tras leer este artículo, os han surgido preguntas, uníos a un Facebook Live en nuestra cuenta de Facebook el próximo lunes, 5 de octubre, a partir de las 19:00 h. Podréis hablar en directo con la autora del artículo y la maestra Sandra Otero Lemos, que ha llevado estas metodologías a su aula de educación infantil.

Autor/a/es/as: 
Marilar Jiménez Aleixandre
Sobre la autora
Marilar Jiménez Aleixandre

Marilar es catedrática Ad Honorem de Didáctica de las Ciencias Experimentales en la Universidade de Santiago de Compostela; sus investigaciones sobre el uso de pruebas por el alumnado y el pensamiento crítico han recibido reconocimiento internacional, en 2019 Distinguished Contribution to Research Award de NARST, el premio más importante en el campo.

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