Lunes, 17 Mayo, 2021

Superada la antigua concepción que desproveía de interés educativo las interacciones entre alumnos, el uso deliberado de éstas, promoviendo situaciones de cooperación a través del trabajo en pequeños equipos, es altamente relevante por diversas razones. Veamos, sintéticamente, algunas (Topping, Buchs, Duran y Van Keer, 2017).

1. La cooperación, saber trabajar con personas distintas a nosotros, es una competencia clave para la educación del siglo XXI.
2. El trabajo cooperativo permite desplegar y desarrollar competencias sociales complejas (escucha activa, empatía, resolución negociada de conflictos, comunicación, acuerdos consensuados…), que solo pueden aprenderse de esta forma y que resultan imprescindibles para una sociedad democrática y una ciudadanía capaz de mejorarla.
3. Las situaciones de cooperación entre alumnos son un buen marco para el aprendizaje, puesto que ofrecen oportunidades para el conflicto sociocognitivo (al poner en contacto puntos de vista moderadamente divergentes) y permiten que los alumnos y alumnas con algo más de ventaja puedan mediar entre la nueva información y la actividad constructiva de sus compañeros, en los contextos íntimos que permiten los pequeños equipos.
4. El aprendizaje cooperativo es una metodología privilegiada para la inclusión porque no solo reconoce que los alumnos son diferentes, sino que aprovecha pedagógicamente dichas diferencias para que los alumnos aprendan unos de otros, convirtiendo las diferencias –incluso las de habilidades- en algo positivo.

Además de su deseabilidad, el aprendizaje cooperativo cuenta con amplias evidencias empíricas a su favor. Los hermanos Johnson, incansables investigadores y divulgadores de la temática, lo califican como una historia de éxito, al ser uno de los ámbitos más estudiados por la psicología de la educación (Johnson y Johnson, 2009). En este sentido, pueden distinguirse tres generaciones de investigaciones (Duran, 2018).

Primera generación de evidencias del trabajo cooperativo: la primera generación de estudios compara la eficacia de la cooperación con otras formas de aprendizaje basadas en la competición y el trabajo individual. Los resultados indican que la cooperación tiene poderosos efectos sobre los objetivos académicos (logro, socialización, motivación y desarrollo personal) y sobre todo en el desarrollo de las habilidades sociales. En una escala práctica conviene utilizar el aprendizaje cooperativo, junto con otras formas de aprendizaje, reservándolo preferentemente para actividades complejas –que requieran contar con más recursos que los individuales- y teniendo en cuenta que el alumnado no sólo coopera para aprender (lograr el objetivo didáctico), sino que también aprende a cooperar (desarrollar habilidades sociales).

Segunda generación de estudios: se centra en conocer los efectos de los métodos de aprendizaje cooperativo (diseños didácticos de distinta complejidad dirigidos a promover la cooperación dentro del equipo). Los resultados parten de una evidencia bien conocida por el personal docente: no es suficiente con agrupar al alumnado y esperar que coopere espontáneamente. En educación escolar, eso solo ocurre en un número limitado de casos. Johnson y Johnson concluyen que lo que suele ocurrir es que se produzca una disipación de responsabilidades y que, en consecuencia, el nivel de implicación personal pueda ser muy desequilibrado, llegando al extremo que unos pocos hagan todo (o casi todo) y otros nada (o casi nada), en un fenómeno que se retroalimenta. Para convertir el simple trabajo de grupo –con dicho inconveniente- en trabajo en equipo o cooperativo, los estudios sugieren organizar cuidadosamente la interacción entre los participantes de los grupos, como lo hacen los métodos y técnicas de aprendizaje cooperativo.

Johnson y Johnson (2009) concretan los principios bajo los cuales conviene organizar dicha interacción:

  • interdependencia positiva: el éxito o el fracaso individual está ligado al éxito o al fracaso del equipo.
  • participación y responsabilidad personal: para asegurar la contribución equitativa de todos y cada uno de los integrantes del equipo.
  • interacción positiva: promoviendo la creación de un clima de ayuda mutua, personal y académica.
  • desarrollo de habilidades sociales: al mismo tiempo que trabajan para lograr la tarea académica, los miembros del equipo desarrollan habilidades sociales que, en muchos casos, deben ser enseñadas deliberadamente.
  • autorreflexión de equipo: para conocerse como aprendices de equipo y mejorar en ello.

Kagan y Kagan (2009) plantean unos principios muy similares, pero subrayando la participación equitativa de los distintos miembros del equipo.

Tercera generación de estudios: se centra en el análisis de la interacción del trabajo de los equipos para identificar las causas y mecanismos  responsables del aprendizaje cooperativo. Las diferentes perspectivas provenientes de explicar el éxito de los métodos de aprendizaje cooperativo (la motivación, la cohesión y los procesos sociocognitivos) actúan de forma complementaria (Slavin, 1995). El escenario de interacciones limitado a dos o pocos participantes permite ricos intercambios y oportunidades para co-construir conocimiento, a través de explicaciones ajustadas y cuestionamientos profundos.

Pero a pesar de su deseabilidad y del respaldo de evidencias, el uso del aprendizaje cooperativo en el aula es aún “problemático” en términos de Sharan (2010). La concepción individual del aprendizaje; la falta de formación del profesorado en este ámbito o la organización “taylorista” de la enseñanza son solo algunas de las barreras con que se encuentra todavía el aprendizaje cooperativo. Una más de estas, poco explicitada pero muy presente en las mentes de una parte del profesorado, del alumnado y las familias, es creer que el aprendizaje cooperativo solo favorece a las y los alumnos con más dificultades, que son quienes reciben la ayuda del resto. Y que los y las alumnas más capaces –en esta visión- pierden oportunidades de aprender. Nuestra experiencia como docentes –con todas las oportunidades de aprender enseñando a nuestro alumnado, así como la evidencia científica, desmienten esta creencia. Explicar lo que estás aprendiendo y estimular preguntas y respuestas profundas al respecto es una excelente manera de aprender, en lo que hemos llamado aprenseñar o aprender enseñando (Duran, 2014).

Siendo pues, el aprendizaje cooperativo un práctica necesaria y basada en evidencias en el artículo siguiente exploraremos recursos que pueden ayudar a docentes y estudiantes a implementarlo en las aulas.

Autor/a/es/as: 
David Durán Gisbert
David Durán Gisbert

Doctor en Psicología. Profesor Agregado del Departamento de Psicología de la Educación de la Universitat Autònoma de Barcelona. Trabajó como a profesor de enseñanza secundaria. Ha desarrollado formación de profesorado sobre aprendizaje entre iguales y escuela inclusiva. Imparte docencia en la Facultad de Ciencias de la Educación y de diversos másteres, entre ellos el Máster Interuniversitario en Psicología de la Educación. Coordinador del Grupo de Investigación sobre Aprendizaje entre Iguales.

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